Las esencias florales sanaron mi historia.

Acsa Achurra

Siempre muy observadora, algo callada y para algunos tímida, mi conexión con el mundo invisible está presente desde mi infancia. Recuerdo que alrededor de los 8 años le pedí a mi madre un libro sobre el antiguo Egipto y un de tarot de Marsella. También recuerdo un viaje de estudios que realicé a los 13 años al Valle del Elqui en Chile, donde conecté enormemente con la misticidad del lugar, con los inciensos que vendían los artesanos de la zona y sobre todo con un juego de runas que hice mío de forma inmediata.

Sin embargo esto no se hizo realmente consciente hasta que a los 16 años empecé a recordar e indagar en el  “gran evento de mi vida”, la muerte de cancer pulmonar de mi padre cuando yo tenía 4 años, algo que había permanecido oculto y en silencio durante toda mi infancia y primera parte de mi adolescencia. Podría decir que hito se convirtió oficialmente en el comienzo de mi búsqueda hacia el conocimiento interior y la sanación emocional.

A los 21 años la llegada de mi primer hijo intensificó aún más este viaje hacia la consciencia.  Ser madre me aportó seguridad y confianza además de que me obligó a buscar coherencia entre mi visión de vida y la crianza de Martín.

Comencé a estudiar sobre educación, medicina y alimentación consciente, hasta que un bendito día – hoy puedo decirlo así – debido a un arranque emocional explosivo que mi hijo tuvo al verse enojado, golpeó un vidrio hasta quebrarlo y cortar su mano.

Esto fue tan impactante para mí que inmediatamente supe que debía buscar una ayuda para trabajar las emociones y fue de esa forma como conocí  la Terapia Floral.

Desde el primer minuto que mi hijo tomó el preparado floral, noté un cambio positivo y radical en sus emociones e incluso también en las mias. Pude comprobar de forma empírica el gran poder de las esencias florales. Sin embargo mi primer acercamiento a ejercer como terapeuta fue a través de un TALLER de FITOTERAPIA en donde conocí la medicina con plantas, fue aquí donde comencé a preparar mis propias tinturas madres y  me llevó a armar un fugaz proyecto llamado “Salvaje” donde elaboraba preparados medicinales a distintas personas, sin embargo inmediatamente me vi limitada, ya que sabía que los síntomas de mis pacientes eran en primera instancia originados por sus historias emocionales y con la fitoterapia no lograba encontrar solución a esto.

El año 2015 dejé la ciudad de Santiago para vivir en Curauma junto a mi hijo y pareja, una pequeña comuna a tan sólo 1 hora de la capital de Chile, pero insertada en un bosque con laguna y a tan sólo 20 minutos del mar. Este cambio que prometía un gran avance en nuestra calidad de vida terminó convirtiéndose en una intensa pesadilla emocional. Llevaba 2 meses viviendo en nuestro nuevo hogar cuando de forma casi fulminante apareció sobre mi piel un alergia que detuvo mi vida de forma inmediata. Tenía mis brazos y pecho llenos de ampollas, el agua me provocaba ardor en mi piel, la ropa me dolía, era casi imposible acostarme para descansar. Yo sabía que esta enfermedad venía desde lo más profundo de mi ser, imaginaba que tenía relación con haber dejado la casa de mi madre, quizás me sentía vulnerable, sin embargo no lograba encontrar una solución. Intente con plantas naturales, con doctores y medicina tradicional, incluso asistí a terapia con una machi Mapuche, pero nada daba resultado, hasta que luego de 4 meses de alergia, nuevamente volví a contactarme con mi terapeuta floral. Este proceso acompañado de una disciplina constante de Kundalini Yoga fueron la respuesta que mi alma necesitaba para iniciar un proceso de sanación consciente.